El último Samurái cristiano

Reportaje publicado en La Aventura de la Historia

En 1871, el historiador Kume Kunitake viajó a Estados Unidos y Europa con un grupo de intelectuales. En pleno arrebato modernizador de la restauración Meiji, el Gobierno japonés enviaba a sus mejores cerebros para establecer puentes científicos y culturales con las naciones de Occidente. El asunto era de vital importancia para la transformación de Japón, dado que el país había permanecido dos siglos totalmente aislado del resto del planeta.

 

Cuando llegaron a Italia, los cronistas venecianos les mostraron una carta escrita en latín, firmada por alguien que decía ser embajador de Date Masamune, uno de los caudillos militares más famosos del país, y señor de la zona nororiental. Kume leyó y releyó el nombre del delegado: “Ha- sekura Rokuemon”. Era la primera vez en su vida que oía hablar de él. En el informe oficial escribió: “Allí nos dijeron que Hasekura era súbdito de Date Masamune de Sendai. Sin embargo, es realmente dudoso que el señor Date hubiese podido tener contactos con el mundo occidental”. Cuando visitaron la basílica de Santa Maria della Salute, su asombro fue mayúsculo. Una inscripción conmemorativa de la época, grabada en una piedra, ratificaba la presencia de aquel extraño samurái. La ciudad de Venecia le había recibido con todos los honores en 1616.

Date Masamune tuvo, de hecho, contactos con el mundo occidental. En los dominios de este daimyo (figura similar a la de un terrateniente feudal) se podía prac-ticar libremente el culto cristiano, y el objetivo de aquella embajada –al menos sobre el papel– era estrechar lazos con España, la mayor potencia europea de la época...

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© RAFAEL DE LAS CUEVAS SÁEZ